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Las monjas de clausura mantienen vivas las recetas más antiguas de nuestra repostería.

Yemas, corazones de obispo, amarguillos, pestiños, pastas de todo tipo, tocinos de cielo, mermeladas, confites, cortadillos al aguardiente, cocadas… una larga lista de dulces que comparten elementos comunes: ingredientes naturales de muy alta calidad, elaboración artesana y una pizca de algo que está cerca de lo divino. En España hay cerca de mil conventos y monasterios que realizan una serie de actividades y trabajos auxiliares, básicamente de carácter artesanal, que suponen un complemento, cuando no la aportación principal de sus contadas rentas. De ellos, aproximadamente una tercera parte se dedican a la elaboración y venta de dulces, que gozan de gran tirón popular. A pesar de las dificultades, las monjas mantienen vivas recetas que, en ocasiones, tienen cientos de años. Es el caso de las yemas de San Leandro, que las agustinas hacen en el convento de San Leandro de Sevilla desde el año 1.500.

Fusión de sabores árabes, cristianos y judíos.

En la Edad Media sólo castillos y conventos tenían panaderías. La miel y otros productos edulcorantes fueron utilizados con anterioridad para endulzar dulces y postres, pero la llegada del azúcar, introducido por los árabes, supuso una autentica revolución. Fueron los conventos los que fusionaron la tradición repostera árabe, cristiana y judía, e incluso mejoraron las recetas. Las novicias, al ingresar en los conventos, aportaban sus conocimientos culinarios con recetas familiares que fueron incrementando el recetario conventual. Transmitían las recetas de unas hermanas a otras conservándose hasta nuestros días, y convirtiendo los monasterios en verdaderos guardianes y transmisores de recetas, tradicionales de la gastronomía española. La tranquilidad y el aislamiento físico y espiritual de los conventos de clausura han ayudado a preservar una tradición secular y un oficio artesanal. Las religiosas han sido las protectoras de los recetarios de postres elaborados con almendra desde que los árabes introdujeran este fruto en España, así como de las técnicas artesanales perdidas con la llegada de la industria.

Nuevos tiempos, nuevos sabores.

Las monjas buscan cada año novedades con las que agradar al público, demostrando una preocupación por atender a los gustos de la gente y un afán de innovación. Frente a la creciente preocupación de los consumidores por cuidar la línea, las monjas han reaccionado lanzando productos sin azúcar, aptos también para diabéticos, adaptandose a las necesidades de quienes gustan de estas delicias.

El caso es que, engorden o no, los delicados dulces de los conventos son bocados divinos. Ya lo decía Luis Cernuda en ‘Ocnos’: “Comer un dulce de convento de clausura es como morder los labios de un ángel”. ¿Quién se resiste?